
Necesito una bolsa: es para guardar la manta, esta noche duermo en la calle, otra vez. Me he gastado todo el dinero del subsidio en dos días. ¡Pero estoy limpio, no me drogo, eh! Si tengo que robar no me lo voy a pensar dos veces. La cárcel es muy dura. No me atrevo a llamar a ese refugio, me preguntarán qué he hecho con el dinero. Tenía unas deudas... me pillaron bebido y... Bueno sí, me vendieron algo de coca. Ahora ya sé con quién no me tengo que juntar. Mi mujer no me deja ir a casa. Me iba a quedar con mi hermano pero quería que le diera toda la paga. No sé qué hacer, ¡no quiero dormir en la calle!
De casa al trabajo, del trabajo a casa. Salidas los fines de semana y vacaciones. La cotidiana rutina. ¿Y cuando el trabajo falta? El ciudadano puede quedar expulsado, considerado un extranjero, relegado extra muros al modo de las ciudades romanas. Hoy día no se le expulsa físicamente, pero sí socialmente.
Ha fracasado. Pronto muchos de sus amigos dejarán de llamarle o de contar con él. Ya no hay partidas de padel ni comidas de trabajo. Dejas de tener interés. El tiempo pasa y se impone el corralito doméstico. Cada céntimo que se deja de gastar es valioso para la hipoteca o el alquiler. Ya no está en los círculos. Nadie le ríe las gracias en Facebook.
El tiempo sigue pasando y nadie garantiza a esa persona volver a encontrar trabajo. Y, sobre todo, no hay una fecha; no puede hacer planes, ni vacaciones, ni nuevo coche. Quizá ni saldo para el móvil. Si os fijáis son sólo elementos accesorios, pero pueden expulsar a una persona de la sociedad. La presión social es fuerte. Un vecino que va al gimnasio, otro que va a esquiar el fn de semana, unas bolas en el golf, el control de velocidad del todo-terreno del otro. En esta sociedad todo ha de girar rápido: cada vuelta de la base se convierte en más dinero para la cúspide. ¿Cómo subir después desde parado?
Esa persona empieza a perder seguridad en sí mismo. En las entrevistas de trabajo se advierte. ¡Le falta empuje! dijeron después de la última. ¡Con lo alto que llegó en su trabajo, nunca estaría satisfecho con este! comentarán en la próxima. Suben los precios y el euribor, pero el banco no quiere reducir la cuota del préstamo. Los euros apenas llegan para pagar la casa y la camisa de la autoestima apenas le abrocha. ¡Es la misma persona, pero no lo parece!
Cada día que pasa es una gota que taladra su cerebro. Hay que ser psicológicamente fuerte, relativizar, ver el futuro más allá de la bruma. Pero no todos lo consiguen. La bebida es mala amiga de la soledad. La droga una salida fácil para un mal día. Los problemas empiezan en casa.
Y... ¡zas! Una persona se encuentra en la calle. Expulsado, invitado a no existir, ni siquiera a redimirse. Visitando un centro de acogida he escuchado historias parecidas, todas convergiendo a un mismo destino: la calle. La calle es dura, es muy dura, la calle mata, la calle es un laberinto.